Me preceden tus horas,
envainada en fruta perecedera.
Junto a la piel,
un mordisco de babilonia.
Crece el abismo blanco
cruzado de estilos propios
como las lunas de octubre
meciéndose en su marea.
Sorbo tu brebaje
con la lengua antigua
del caldo materno,
a espirales me vence el olvido,
el verbo dactilar de tu sonrisa.
Te veo aparecer
ofreciéndome los labios,
yo en cambio vendo enigmas,
acupuntura para el alma,
tejidos raros para envolverme
y desnudarte.
lunes, 27 de octubre de 2008
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