Recuerdo un desierto que no existe:
un pie kalahari, una luz, un hombro bosquimano.
Recuerdo las lunas de abril que el mar devora,
sombras de sal y tenues llantos belugas.
Entre el desierto y el mar prefiero tu nombre,
los espacios abiertos que tu risa deja
y el comando sonoro de tu cuerpo,
ahí me siento más segura,
a salvo de sirocos y tempestades.